viernes, 16 de junio de 2017

Intrepidez


"¿Que es el amor?"
"La ausencia total de miedo", dijo el maestro.
"¿Y qué es a lo que tenemos miedo?"
"Al amor", respondió el maestro.







viernes, 2 de junio de 2017

Felicidad, una nueva reflexión sobre ello.


Hace poco leí esta frase que me pareció genial :
“La felicidad no viene de no tener problemas, la felicidad viene de solucionar los problemas.” ¡Y que verdad es! Y que ajeno a ese concepto ilusorio que se tiene con frecuencia de la felicidad cuando pensamos que ésta nos la tiene que  proporcionar otro, o tiene que llegar por un golpe de suerte.

No hay nada como el subidón de autoestima que produce el superar un problema y cuanto más grande el problema,  mayor es el subidón al sentir esa descarga de endorfinas que nos transporta a un estado cercano a la “gracia divina” y que nos anima a afrontar nuevos problemas.

Yo prefiero llamarlos retos, pues cada vez que superamos algún problema, lo cual requiere una lucha y un esfuerzo, experimentamos una sensación de euforia y amor propio que hace que nos valoremos y confiemos más en nosotros mismos y en los demás, haciéndonos ver las cosas desde un punto de vista benévolo, que nos abre más hacia el mundo y los demás. 

No se puede comparar la satisfacción de aquello que nos viene dado, por muy grato que resulte, de lo que hemos conseguido con esfuerzo y tesón, lo uno nos mantiene en un estado irreal y nos hace dependientes y expectantes de algo ajeno y lo otro nos fortalece y nos hace madurar.

Françoise M.





viernes, 19 de mayo de 2017

El espejo


 Había una vez en Japón, hace muchos siglos, una pareja de esposos que tenía una niña. El hombre era un samurai, es decir, un caballero: no era rico y vivía del cultivo de un pequeño terreno. La esposa era una mujer modesta, tímida y silenciosa que cuando se encontraba entre extraños, no deseaba otra cosa que pasar inadvertida.
    
Un día es elegido un nuevo rey. El marido, como caballero que era, tuvo que ir a la capital para rendir homenaje al nuevo soberano. Su ausencia fue por poco tiempo: el buen hombre no veía la hora de dejar el esplendor de la Corte para regresar a su casa.
    
A la niña le llevó de regalo una muñeca, y a la mujer un espejo de bronce plateado (en aquellos tiempos los espejos eran de metal brillante, no de cristal como los nuestros). La mujer miró el espejo con gran maravilla: no los había visto nunca. Nadie jamás había llevado uno a aquel pueblo. Lo miró y, percibiendo reflejado el rostro sonriente, preguntó al marido con ingenuo estupor:
    
— ¿Quién es esta mujer?
    
El marido se puso a reír:
    
— ¡Pero cómo! ¿No te das cuenta de que este es tu rostro?
    
Un poco avergonzada de su propia ignorancia, la mujer no hizo otras preguntas, y guardó el espejo, considerándolo un objeto misterioso. Había entendido sólo una cosa: que aparecía su propia imagen.
    
Por muchos años, lo tuvo siempre escondido. Era un regalo de amor; y los regalos de amor son sagrados.
   
Su salud era delicada; frágil como una flor. Por este motivo la esposa desmejoró pronto: cuando se sintió próxima al final, tomó el espejo y se lo dio a su hija, diciéndole:
    
— Cuando no esté más sobre esta tierra, mira mañana y tarde en este espejo, y me verás. Después expiró. Y desde aquel día, mañana y tarde, la muchacha miraba el pequeño espejo.
    
Ingenua como la madre, a la cual se parecía tanto, no dudó jamás que el rostro reflejado en la chapa reluciente no fuese el de su madre. Hablaba a la adorada imagen, convencida de ser escuchada.
    
Un día el padre la sorprende mientras murmuraba al espejo palabras de ternura.
    
— ¿Qué haces, querida hija?, le pregunta.
    
— Miro a mamá. Fíjate: No se le ve pálida y cansada como cuando estaba enferma: parece más joven y sonriente.
    
Conmovido y enternecido el padre, sin quitar a su hija la ilusión, le dijo:
    
— Tú la encuentras en el espejo, como yo la hallo en ti.

Leyenda japonesa








viernes, 5 de mayo de 2017

Oscuridad



Cae la noche, se pone el sol y el horizonte de poniente se tiñe de tonos rosados y anaranjados, en el jardín las sombras se  van  volviendo cada vez más densas, la atalaya arbolada se recorta sobre un cielo que se torna azul oscuro. Un aleteo… un pájaro sale volando.

Desde el jardín pueden verse las luces de los coches que circulan por la carretera, personas que regresan a sus casas después de una jornada de trabajo, deseando llegar pronto a su destino donde les esperan seres queridos para reunirse juntos a la mesa donde pronto se servirá la cena o en la barra de un bar, donde compartir una copa.

Se acerca lentamente inspirando los olores intensos de las plantas al atardecer. Entra en la casa, está a oscuras, se ha ido la luz, busca una vela, los fósforos humedecidos tardan en encenderse, finalmente una débil llama ilumina un pequeño círculo en la sala, una sensación extraña, como un soplo de aire, algo se mueve junto a la ventana, su vello se eriza, su cuerpo se tensa y  por un momento se paraliza, los oídos le zumban y tiene que sujetarse en el respaldo de un sillón. Pensamiento oscuros y miedos irracionales le asaltan, ¿está cerrada la puerta? ¿habrá entrado alguien? su corazón late más rápido, su respiración se acorta, siente sus manos húmedas, la vela tiembla en sus manos, de repente siente que algo que roza su pierna, a punto de soltar un grito, se queda muda y se oye un suave miaaau… de bienvenida.

Françoise M.







viernes, 21 de abril de 2017

Incongruencia - Cuento Zen


Todas las preguntas que se suscitaron aquel día en la reunión pública estaban referidas a la vida más allá de la muerte.


El Maestro se limitaba a sonreír sin dar una solo respuesta.
Cuando, más tarde, los discípulos le preguntaron por qué se había mostrado tan evasivo, él replicó: "¿No habeis observado que los que no saben qué hacer con esta vida son precisamente los que más desean otra vida que dure eternamente?".
"Pero ¿hay vida despues de la muerte o no la hay?", insistió un discípulo.
"¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la cuestión!", replico enigmáticamente el Maestro.






viernes, 7 de abril de 2017

Fenómenos Celestes

Siempre corriendo, o debería decir volando o tal vez flotando…
Me gusta cuando se recorta su blanca silueta cambiante sobre el azul.
Encuentro caballos, dragones, ángeles u otras criaturas que se esconden en ellas.
Aparecen abultadas, negro sobre gris, anunciando tormenta.
El viento  las convierte en hebras deshilachadas por el cielo.
Otras caen como una ola, en cascada por las laderas del monte.
Forman un mullido colchón inmaculado vistas desde las alturas.
Al atardecer se convierten en una variada paleta de colores.
¿Que sois, aire, agua? nubes siempre cambiantes.

Françoise M.



viernes, 24 de marzo de 2017

La fuerza del hambre






































Esta historia transcurre en el Japón durante un período de hambre.
Un campesino que no tenía con qué alimentar a su familia se acuerda de la costumbre que promete una fuerte recompensa al que sea capaz de desafiar y vencer al maestro de una escuela de sable. Aunque no había tocado un arma en su vida, el campesino desafía al maestro más famoso de la región.

El día fijado, ante numeroso público, los dos hombres se enfrentan. El campesino, sin mostrarse nada impresionado por la reputación de su adversario, lo espera a pie firme, mientras que el maestro de sable, estaba un poco turbado por tal determinación.

— ¿Qué será este hombre?, piensa. Jamás ningún villano hubiera tenido el valor de desafiarme. ¿No será una trampa de mis enemigos?

El campesino, acuciado por el hambre, se adelanta resueltamente hacia su rival. El Maestro duda, desconcertado por la total ausencia de técnica de su adversario.

Finalmente, retrocede movido por el miedo. Antes incluso del primer asalto, el maestro siente que será vencido. Baja su sable y dice:

— Usted es el vencedor. Por primera vez en mi vida he sido abatido. Entre todas las escuelas de sable, la mía es la más renombrada. Es conocida con el nombre de “La que con un solo gesto da diez mil golpes”. ¿Puedo preguntarle, respetuosamente, el nombre de su escuela?

— La escuela del hambre –responde el campesino.

Cuento zen






viernes, 10 de marzo de 2017

Lluvia



Cae la lluvia como lágrimas del cielo que vienen a saciar la sed de la tierra, que lo agradece haciendo brotar espontánea  y generosamente toda la naturaleza.

Me gusta ver caer la lluvia detrás de una ventana, deformando las figuras cuando baña el cristal, cuando azota las fachadas de las casas y los edificios, limpia las calles, forma charcos en la tierra y las gotas salpican con fuerza.

Me gusta pasear por la calle con mi paraguas transparente que me cubre hasta los hombros como si caminara dentro de una burbuja que me permite ver por donde voy y quien viene de frente.


Hoy el ruido de la lluvia me despertó con su peculiar sonido, al caer las gotas sobre el hierro del balcón, pero entonces mientras me arrebujaba entre las  sábanas, me pareció que sonaba como un canto triste y melancólico, como una música de Erik Satie y me recordó que por varios motivos, hay gentes que  no tienen a donde ir, ni donde resguardarse y para ellos la lluvia no tiene nada de bucólico, sino que les hunde aún más en el fango de una tragedia inhumana.





viernes, 24 de febrero de 2017

La luz tentadora



Un abejorro grande de muchos colores y vagabundo andaba zumbando en la oscuridad, cuando descubrió lejos una pequeña luz.
    
En seguida dirigió las alas hacia aquella dirección, y una vez que hubo llegado junto a la llama, empezó a dar vueltas alrededor mirándola maravillado. ¡Qué hermosa era!
    
No contento con admirarla, quiso hacer con ella lo mismo que hacía con las flores olorosas: se alejó, se giró y apuntando con coraje hacia la llama, le pasó encima tocándola con las alas. Se encontró, aturdido, a los pies de la luz; y se dio cuenta, con estupor, de que había perdido una pata y de que la punta de las alas estaba toda chamuscada.
    
“¿Qué me ha sucedido?”, se preguntó.
    
No podía absolutamente admitir que de una cosa tan hermosa como aquella llama, le pudiese venir algún mal; por lo tanto, después de haber recuperado un poco de fuerza, con un golpe de alas se puso a volar.
    
Dio algunas volteretas. Y de nuevo se dirigió hacia la llama para posarse encima. Y en seguida cayó, quemado, en el aceite que alimentaba la llamita.
    
“Maldita luz”, murmuró el abejorro al terminar su vida. “Creía encontrar en ti mi felicidad, y en cambio, he encontrado la muerte. Por dejarme encandilar por tu luz he conocido tu naturaleza peligrosa”.
    
“Pobre abejorro”, respondió la llama. “Yo no soy el Sol, como tú esperabas e ingenuamente creías. No soy otra cosa que una llama; y quien no sabe usarme con prudencia, se quema las alas…”

Leonardo da Vinci








viernes, 10 de febrero de 2017

Sombras





















Miro de reojo y la veo, pegada a mi, caminar bajo el sol.
A veces va por delante y otras va por detrás.
Siempre me acompaña.

Aunque también está dentro,
Y la siento como un desgarro, cuando  algo me hiere o me molesta.
Entonces me enfrento, luchamos, discutimos.
La rechazo, intento acallarla, pero ella insiste, implacable.
Finalmente me rindo y la acepto. Ella siempre tiene razón.
Nos abrazamos y reímos en la luz.

Françoise M.